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jueves, 19 de abril de 2018

Y A TI.. QUIÉN TE CONDENA?


Y a ti... ¿quién te condena?



Dos hombres fueron condenados. La sentencia consistía en que en un día determinado, en veinte años, serían torturados lentamente hasta la muerte.

Al escuchar la sentencia, el más joven se retorció de la pena y del dolor, y a partir de ese día, cayó en una profunda depresión.
"¿Para qué vivir?" se preguntaba, "si de todas maneras van a arrebatarme la vida, y de una manera inconcebiblemente terrible"

Desde ese día nunca fue el mismo. Cuando alguno de sus cercanos, compadecido por su estado, le ofrecía apoyo para tratar de alegrarlo, respondía rencorosamente diciendo:
- Claro, como tú no tienes que cargar mis penas, todo te parece fácil.

En otras ocasiones también replicaba:
- Tú no sabes lo que sufro, no es posible que me entiendas...

Y, a veces, alegaba en voz alta:
- ¿Para qué me esfuerzo? Si de todas formas...

Y así, poco a poco, el hombre se fue encerrando en su amarga soledad y murió mucho antes de que se cumpliera el plazo de los veinte años.

El otro hombre, al escuchar la sentencia, se asustó y se impresionó, sin embargo a los pocos días resolvió que, como sus días estaban contados, los disfrutaría.

Con frecuencia afirmaba:
- No voy a anticipar el dolor y el miedo empezando a sufrir desde ahora.

Otras veces decía:
- Voy a agradecer con intensidad cada día que me quede.

Y, en vez de alejarse de los demás, decidió acercarse y disfrutar a los suyos, para sembrar en ellos lo mejor de sí.

Cuando alguien le mencionaba su condena, respondía en broma:
- Ellos me condenaron, yo no me voy a condenar sufriendo anticipadamente y, por ahora, estoy vivo.

Fue así que, paulatinamente, se convirtió en un hombre sabio y sencillo, conocido por su alegría y su espíritu de servicio. Tanto, que mucho antes de los veinte años, le fue perdonada su condena.

El 99% de tus miedos no se realizarán. Cree en tu fuerza, disfruta la libertad de ser feliz. La verdadera libertad no está en lo que haces, sino en la forma como eliges vivir lo que haces, y sólo a ti te pertenece tal facultad.

P.D.: Sólo por hoy elige pensamientos y emociones positivas. Notarás la diferencia.

sábado, 24 de marzo de 2018

LA HUMILDAD


LA HUMILDAD



Se acercaba mi cumpleaños y quería ese año pedir un deseo especial al apagar las velas de mi pastel. 

Caminando por el parque me senté al lado de un mendigo que estaba en uno de los bancos, el más retirado, viendo dos palomas revolotear cerca del estanque y me pareció curioso ver a un hombre de aspecto abandonado, mirar las avecillas con una sonrisa en la cara que parecía eterna. 

Me acerqué a él con la intención de preguntarle por qué estaba tan feliz.

Quise también sentirme afortunado al conversar con él para sentirme más orgulloso de mis bienes, por que yo era un hombre al que no le faltaba nada. Tenía mi trabajo, que me producía mucho dinero. Claro que... ¿cómo no iba a producírmelo trabajando tanto?. Tenía mis hijos a los que, gracias a mi esfuerzo, tampoco les faltaba nada y tenían todos los juguetes que quisiesen tener. En fin, gracias a mis interminables horas de trabajo no le faltaba nada a mi familia.

Me acerqué entonces al hombre y le pregunté:

- Caballero, ¿qué pediría usted como deseo en su cumpleaños? 

Pensaba yo que el hombre me contestaría que pediría dinero. Así, de paso, yo le daría unos billetes que tenía y realizaría la obra de caridad del año. 

No sabe usted mi asombro cuando el hombre me contesta lo siguiente, con la misma sonrisa en su rostro que no se le había borrado y nunca se le borró: 

-Amigo, si pidiese algo más de lo que tengo sería muy egoísta, yo ya he tenido de todo lo que necesita un hombre en la vida y más. Vivía con mis padres y mi hermano antes de perderlos una tarde de junio. Hace mucho, conocí el amor de mi padre y mi madre, que se desvivían por darme todo el amor que les era posible dentro de nuestras limitaciones económicas. Al perderlos, sufrí muchísimo pero entendí que hay otros que nunca conocieron ese amor, yo sí y me sentí mejor. 

De joven, conocí una chica de la cual me enamoré perdidamente. Un día la besé y estalló en mí el amor hacia aquella joven tan bella. Cuando se marchó, mi corazón sufrió tanto... Recuerdo ese momento y pienso que hay personas que nunca han conocido el amor y me siento mejor. 

Un día en este parque, un niño correteando cayó al suelo y comenzó a llorar. Yo fui, lo ayudé a levantarse, le sequé las lágrimas con mis manos y jugué con él por unos instantes más y aunque no era mi hijo, me sentí padre y me sentí feliz porque pensé que muchos no han conocido ese sentimiento. 

Cuando siento frío y hambre en el invierno, recuerdo la comida de mi madre y el calor de nuestra pequeña casita y me siento mejor porque hay otros que nunca lo han sentido y tal vez no lo sentirán nunca. Cuando consigo dos piezas de pan comparto una con otro mendigo del camino y siento el placer que da compartir con quien lo necesita, y recuerdo que hay unos que jamás sentirán esto. 

Mi querido amigo, ¡qué más puedo pedir a Dios o a la vida cuando lo he tenido todo, y lo más importante es que soy consciente de ello!

Puedo ver la vida en su más simple expresión, como esas dos palomitas jugando. ¿Qué necesitan ellas? Lo mismo que yo, nada... Estamos agradecidos al Cielo de esto, y sé que usted pronto lo estará también. 

Miré hacia el suelo un segundo como perdido en la grandeza de las palabras de aquel sabio que me había abierto los ojos en su sencillez. Cuando miré a mi lado ya no estaba, sólo las palomitas y un arrepentimiento enorme de la forma en que había vivido sin haber conocido la vida. Pensé que aquel mendigo era tal vez un ángel enviado por Dios, que me daría el regalo más precioso que se le puede dar a un ser humano... la humildad.

sábado, 17 de marzo de 2018

ADORA Y CONFÍA


Adora y Confía




No te inquietes por las dificultades de la vida, por sus altibajos, por sus decepciones, por su porvenir más o menos sombrío.

Quiere tú, lo que Dios quiere. Ofrécele en medio de inquietudes y dificultades el sacrificio de tu alma sencilla que, pese a todo, acepta los designios de Su providencia.

Poco importa que te consideres un fracasado si Dios te considera plenamente realizado a su gusto.

Piérdete confiado ciegamente en ese Dios que te quiere para Sí y que llegará a ti, aunque no lo veas. Cuánto más decaído y triste te sientas, tanto más piensa que estás en sus manos, fuertemente cogido.

Vive feliz, vive en paz que nada te altere; que nada -ni la fatiga ni tus fallos-, sea capaz de quitarte la paz.

Haz que brote y conserva siempre sobre tu rostro una dulce sonrisa, reflejo de la que el Señor, continuamente, te dirige. Y en el fondo de tu alma coloca, antes que nada, todo aquello que te llene de la paz de Dios.

Adora y confía en Dios, porque Él te tomará en sus brazos y te hará volar..., volar como un águila
.

martes, 13 de marzo de 2018

LA GRAN LECCIÓN DE LA VIDA


Autor: P. Fernando Lora García | Fuente: Catholic.net
La gran lección de la vida



Lo importante de saber escuchar y ser escuchado, de saber compartir las penas y los sufrimientos de los demás....


Había una vez un anciano, que solo buscaba alguien que lo escuchara. Caminó por ciudades, transitó por caminos buscando siquiera una sonrisa humana.....pero.... era tanta la prisa que todos llevaban....que ni esa sonrisa la pudo encontrar.

Desanimado, y falto de fuerza, se sentó sin esperanza junto a un árbol....allí, precisamente allí, encontró a otro anciano también desanimado porque tampoco había encontrado quien le brindara una sonrisa y lo escuchara.....ambos comenzaron hablar de sus tristezas, de sus amarguras, de su desesperanza. Ambos encontraron el mismo camino de ingratitud, de egoísmo y amargura....ambos terminaron convencido de una cosa: lo importante de saber escuchar y ser escuchado, de saber compartir las penas y los sufrimientos de los demás....

Ambos aprendieron la gran lección que le habían dado los hombres.... el camino del egoísmo sólo lleva a la destrucción de los valores más importantes de la humanidad: amar, compartir y servir.

Aprendamos también nosotros ésta hermosa lección, que estos dos ancianos nos dan: vivir solo para sí ,es el pecado más grave de la humanidad de hoy.

jueves, 15 de febrero de 2018

LA VIRTUD DE LA PRUDENCIA


La virtud de la Prudencia

La prudencia es una de esas virtudes de las que apenas se habla y que, sin embargo, resulta ser una clave en el dificilísimo arte de ordenarnos rectamente en nuestra relación con el prójimo.

No nacemos prudentes, pero debemos hacernos prudentes por el ejercicio de la virtud. Y no es tarea fácil.

El pensamiento puede descarriarse como se descarría la voluntad, porque está expuesto a las mismas pasiones y a los mismos condicionamientos. Pensar y bien, exige una gran atención, no sólo sobre las cosas, sino principalmente sobre nosotros mismos. 

Hay que saber estar atentos sobre las razones, pero mucho más sobre nuestras pasiones que son las que nos impulsan al error. Porque los hombres solemos errar por precipitación en nuestros juicios, afirmando cosas que la razón no ve claras, pero que estamos impulsados a afirmar como desahogo de nuestras pasiones. Quien no sabe controlar sus pasiones, tampoco sabrá controlar sus razones y se hace responsable moral de sus yerros.

La razón es la que ha de regir nuestra conducta en la verdad y por eso la prudencia es la primera de las virtudes cardinales.

Pero la verdad requiere tener sosegada el alma para conseguir tener sosegada la mente con objetivas razones.

domingo, 11 de febrero de 2018

SI QUIERES PUEDES CURARME


Si quieres puedes curarme
Sabes que quiere y sabes que puede; por eso de un momento a otro sentirás sanos tu cuerpo y tu alma si tienes fe.


Por: P. Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net 




Esta breve y sincera oración quería decir muchas cosas a Jesús: "¿Qué te cuesta, qué le cuesta a quien ha creado un mundo de la nada curar un cuerpo enfermo?"

Hoy te presentas ante Él con el cuerpo y el alma enfermos: Eres la impotencia suplicante de rodillas ante el que lo puede todo. Si quieres... ¿Querrás? ¿Tendrás que pensar mucho si devuelves la salud a un desgraciado? ¿Puede tu amor resistir que un alma salida de tus manos en un gesto de amor, se pierda para siempre? ¿Querrás? ¿Puedes curarme?

Más que decírselo a Él, que lo sabe muy bien, debes decirlo y gritarlo a ti mismo, para estar cada vez más seguro de que puede, de que no le cuesta. Si te piden fe, di que la tienes; no tienes salud pero tienes fe, toda la que necesita el milagro para hacerse realidad, pero auméntala hasta que se convierta en un grano de mostaza; entonces moverás montañas.

Si quieres, puedes curarme. Sabes que quiere y sabes que puede; por eso de un momento a otro sentirás sanos tu cuerpo y tu alma. Quiero, queda limpio" esas palabras anhela tu alma.

Y quedó curado el leproso. Así quieres quedar tú curado, el otro leproso del alma. Quieres sentirte limpio y puro, sentir tu alma de niño, como cuando salió de sus manos un día que te amó infinitamente.

martes, 6 de febrero de 2018

SALVAR Y SALVARSE


Salvar y salvarse



La salvación que te ofrece Cristo —mencionada con frecuencia en la Biblia— es total y trascendente, se refiere a la vida presente y alcanza también, y especialmente, a la vida futura. El Señor espera tu colaboración en esta misión, ya que él quiere salvar a toda la humanidad. Cuando respondes a este llamado, por eso mismo estás asegurando tu propia salvación.

En un día invernal un hombre viajaba por sobre una capa de nieve profunda. Poco a poco llegó a entumecerse y, sin darse cuenta, estaba perdiendo sus facultades vitales. Ya estaba a punto de perecer congelado, dispuesto a abandonar la lucha por la vida, cuando escuchó los lamentos de un caminante como él que se estaba muriendo de frío. Se despertó en él el deseo de rescatarlo. Comenzó a frotar los helados miembros de aquel hombre infortunado, y después de un considerable esfuerzo, consiguió que se mantuviera en pie; pero como no podía caminar, lo llevó con simpatía en sus brazos recorriendo el camino que él pensó que no lograría hacer solo. Y cuando llegó con su hermano viajero hasta un lugar seguro, se le hizo clara la verdad de que al salvar a su semejante se había salvado también a sí mismo.

“Dios quiere salvarnos en racimo”, junto con los demás, en primer lugar con tu familia. Si pretendieras alcanzar la salvación solo, aislado del prójimo,  —“¡sálvese quien pueda!”—, por eso mismo te excluirías de toda posibilidad. El amor a Dios y al hermano está en el centro del mensaje de Jesús, nuestro único Salvador. Asegura tu salvación abriéndote a los demás.




* Enviado por el P. Natalio

lunes, 15 de enero de 2018

LA ESPERANZA


LA ESPERANZA




La esperanza es siempre la actitud de un creyente. Esperanza que nace no sólo en sus limitadas capacidades, sino en la presencia de quien ha mostrado que es confiable, no falla y siempre da una nueva oportunidad: Dios. El creyente no está supeditado a sus fuerzas, sino que siempre cuenta con la fuerza de Dios, que actúa en él desde dentro. Tener esperanza es una consecuencia de la opción de fe. No sé en qué situación estés en estos momentos, pero lo que sí sé es que desde tu relación con Jesús de Nazaret debes tener esperanza en que vas a salir adelante, en que vas a encontrar una nueva posibilidad, que una puerta se va a abrir, que no todo está perdido. 

Acepta lo que la lógica demuestra y las limitaciones que tienes, pero trasciende y encuentra en la acción de Dios otras posibilidades que, seguramente, están allí presentes y no has podido encontrar. La fe tiene que hacerte un verdadero guerrero, uno que lucha con la certeza de que encontrará caminos de solución a lo que está viviendo. La fe no es fanatismo, ni es correr tras de lo irracional. La fe es descubrir en la persona de Jesús posibilidades razonables y lógicas que desde nuestra condición no hemos podido encontrar. En ese contexto hay que entender los milagros y estar seguros de que acontecen cuando abrimos el corazón y dejamos que Él nos muestre su poder. Hoy vive tu fe y lánzate con mucha esperanza a encontrar soluciones. No tengas miedo, confía que con Él podrás vencer todo lo que estás viviendo (Filipenses 4,13).




P. Alberto Linero

viernes, 1 de diciembre de 2017

TERAPIA ESPIRITUAL EN 3 PASOS PARA ENFRENTAR LA DEPRESIÓN


Terapia espiritual en 3 pasos para enfrentar la depresión
En las grandes crisis existenciales sólo existe una tabla de salvación para no ahogarse en el mar de la depresión... ¡La terapia espiritual!


Por: Rafael Ruiz | Fuente: PildorasdeFe.net 




Caminar hacia la depresión siempre lleva a la destrucción.

Hay un momento en la vida en el que, quizás afortunadamente, a cada persona le llegan problemas que no logrará solucionar ni con dinero, ni con amistades influyentes, ni con brillantes cualidades personales, y ante esos tremendos problemas sólo existe una tabla de salvación para no ahogarse en el mar de la depresión y de la desesperanza: la terapia espiritual. Esto cura todo lo que la naturaleza no logra remediar. Los demás remedios resultan todos ineficaces en casos graves, muy frecuentes en la actualidad, por cierto.

Un universitario exclamaba: "Yo ya no necesito de Dios ni de la religión".

Este tipo de ideas trae una penosa consecuencia: que la mayoría de la gente cuenta ahora con muy pocas reservas espirituales de las cuales poder disponer en un tiempo de congoja mental, emocional o física. Y ese gigantesco vacío de Dios que hay en la gente actual complica seriamente sus problemas y dificulta inmensamente su curación.

El papá de este Joven, un profesional muy equilibrado y curtido en las luchas de la vida, le respondió: "No digas «YA no necesito de Dios y la religión»" ¿Por qué mejor no dices: «me parece que TODAVÍA no descubro que los necesito?» Porque en la vida te llegarán problemas tales que, si Dios no te echa una mano, perecerás apabullado por ellos, y ningún ser humano, ni tu estabilidad económica, ni siquiera tu miseria, serán capaz de librarte de sofocante peso".

A continuación se exponen 3 recomendaciones para dejar atrás la depresión con un enfoque espiritual:


1.- Sigue el camino sobrenatural.

La dimensión natural es seguir el camino que indica la propia naturaleza, pero existen otros dos caminos: la dimensión preternatural, que es el camino a la destrucción, pero la dimensión sobrenatural es el camino al Creador.

Si una persona me hiere, el camino natural es perder la confianza y cuidarse de nuevas agresiones, el camino preternatural es odiar y vengarse, pero el camino sobrenatural es, además de perdonar, ofrecer el perdón y hacer oración y ayuno por la persona que nos hirió para que también ella crezca.

2.- Hazte acompañar en tu caminar espiritual

Dice el dicho: Dime con quien andas, y te diré quién eres. Una de las más graves tragedias de nuestro tiempo es que los ignorantes espirituales instalados en los colegios, universidades, periódicos, televisión, cine y demás medios de comunicación han hecho un lavado cerebral tan desastroso a nuestra gente, que muchas personas han llegado a imaginarse que son simplemente animales, sin dimensión espiritual o sobrenatural, destinados a vivir gorditos y bien atendidos en esta vida, como pollitos en el gallinero con clima controlado y televisión por cable, o como unos gorilas con bolsas de marca y vestuario de moda, o quizás, como unos perritos acomodados con la mejor tecnología y los mejores estudios, sin proyección hacia la eternidad ni deberes para con un Dios Creador y Juez.

Así que lo que debes hacer es conseguir un guía espiritual, si no tienes uno al alcance, puedes por lo menos, leer la vida de los Santos.

3.- Sirve a los demás.

En la dimensión espiritual, el vacío siempre invita al desastre. Por eso cuando se está vacío de Jesús y de principios espirituales se va camino del fracaso, aun cuando es un camino rodeado de comodidades o incluso de carencias, esto no es lo que marca la diferencia.

En una ocasión, recomendaba a un estudiante que sirviera a otros para aliviar su tristeza,  y como respuesta me decía: le hablaré a mi padre para que me consiga un puesto de practicante en una empresa, y, como no se mucho de mi carrera todavía, así aprenderé y tendré mejores oportunidades aunque no me paguen. ¡Qué lejos estaba de servir! El servir significa darse a los demás, dar tu tiempo en una casa hogar de niños; compartir lo que dejas de comer cuando ayunas, con un indigente (que bien conoces, porque hay miles); participar en la limpieza de tu casa…

Y recuerda siempre, que ¡la depresión se asusta cuando te acercas a los sacramentos!

jueves, 30 de noviembre de 2017

SOY PESCADOR


Soy Pescador.
El Buen Pescador no luce exagerado ni impaciente, sino equilibrado y sereno.


Por: Oscar Schmidt | Fuente: Catholic.net 




Soy pescador, hijo de la Iglesia que me envía a atravesar los mares del mundo en busca de almas, como lo hicieron Pedro y tantos otros a través de los siglos. Orgullo del pescador, la misión recibida da una inigualable alegría que ilumina el espíritu cuando un hermano se enamora del Pescador de hombres, Jesús de Galilea.

Pero Señor, qué difícil es encontrar el equilibrio necesario para acercarse a tantas almas que requieren un trato distinto, sin que se pueda comparar a la una con la otra. ¿Qué decir a ese hombre religioso pero sin amor en su corazón? ¿Y que a aquella mujer que no te conoce ni siquiera por Tu Nombre? Sin embargo yo sé muy bien que hay reglas que debo respetar, si es que deseo no alejar a tus hijos de Tu Barca.

La regla básica es la de no espantar a nuestros hermanos, no asustarlas con una postura demasiado alejada de su entendimiento actual. Muchas veces nos presentamos como nosotros quisiéramos que ellos fueran, apasionados y convencidos de nuestro carácter de hijos de Dios. Sin embargo, si la brecha entre quienes encontramos en nuestro camino y nosotros aparece ante sus ojos como demasiado grande, hacemos imposible para ellos el siquiera pensar que se puede atravesar el foso que nos separa, y entonces se asustan y alejan.

Los santos, por siglos, han comprendido esto y tornaron sus vidas en puentes que los acercaron a las almas. Fueron flexibles, dúctiles, comprendieron a aquellos que no tenían en el alma ni el amor ni la comprensión que las cosas de Dios requieren. Por esto es que la regla básica de todo pescador de almas es la de no exagerar, ni lucir amenazador, ni demasiado lejano. Jesús mismo tenía un mensaje consistente en el contenido, pero totalmente distinto en la forma, dependiendo de si el público que lo escuchaba estaba formado en las cosas del pueblo de Israel, o si eran gentiles alejados de la religión.

La otra regla fundamental es la de la paciencia, paciencia que es entrega a Dios en la confianza de que El tenderá los puentes que unan las brechas, las falencias y las incomprensiones que encontremos en nuestro trajinar de pescadores. Muchas veces nos desesperamos porque las cosas no van tan rápido ni en la dirección que esperamos. Sin embargo, Jesús está siempre detrás de los suyos, y con Su Mano corrige y modela aquello que es fundamental a Su obra. Lo demás, lo deja seguir su propio rumbo, lo que muchas veces se torna en las cruces que El nos pone en el camino.

El buen pescador no luce exagerado ni impaciente, sino equilibrado y sereno. Se presenta de tal modo que las almas se sienten seguras de que Dios es a Quien debemos mirar en este mundo, alejándonos paso a paso de lo que no llena nuestro interior, de aquello que es simple ruido y confusión. Pero también, el buen pescador sabe cuando tiene que acelerar el ritmo y empujar a las almas a dar un paso hacia adelante, hacia la luz. Ese paso creará tensión y desaliento, pero pronto será comprendido por aquellos que están bien afirmados a la Mano del Salvador. Otros, para tristeza del pescador, se soltarán de la Barca y se alejarán nuevamente, a aguas peligrosas.

No es fácil ser pescador, porque si nos equivocamos, podemos alejar a muchas almas de tal modo que después resulte muy difícil volver a acercarlas. Es una responsabilidad muy grande que todos debemos ejercer, laicos o consagrados, porque para eso fuimos izados a la Barca de la Iglesia, para ser pescadores. Nuestra sonrisa es probablemente el arma más poderosa que Dios nos ha dado para realizar nuestra tarea, porque la alegría de estar a bordo es una de las señales que nos distinguen, ¡la alegría de ser hijos de Dios!

Hermanos, pesquemos en las aguas del mundo, las almas abundan y nos esperan. Seamos eficientes en tan grandiosa tarea que Dios nos ha encomendado, la más alta que El ha puesto en nuestra misión de vida. Cuando estemos frente al Señor, El nos preguntará por los actos de amor que dejamos como legado de nuestro paso por la vida. Y qué duda cabe de que el mayor acto de amor es el de poder mostrarle, orgullosos, a aquellos que hemos subido a bordo de la Barca de Pedro. Jesús sonreirá porque verá que hemos comprendido nuestro legado de pescadores, como El lo es, como la Iglesia lo es, como todos debemos serlo.

lunes, 13 de noviembre de 2017

ESTAR PREPARADOS


Estar preparados




Aquellas muchachas del Evangelio no tenían otra cosa que hacer allí que entrar con unas lámparas encendidas acompañando al novio. No tenían que hacer otra cosa. Era muy fácil el encargo, pero el hecho fue que se olvidaron de llevar aceite de repuesto y al pasar el tiempo y darse cuenta de que se les apagaba su luz, se fueron, y no estuvieron allí en el momento preciso. La voz del esposo es contundente y tremenda: no os conozco, ya no nos veremos. ¿Por qué esa respuesta tan fuerte?, ¿por qué no la misericordia si las otras también se durmieron? Es que hay olvidos que no son falta de memoria, sino falta de interés, falta de amor.

Podría parecer que las otras doncellas no vivieron la caridad con ellas, o que el señor las trata sin compasión, pero es que en el corazón es donde uno decide hacer lo que hace. La jóvenes prudentes realmente fueron prudentes, no sólo en ser previsoras, sino también no quedándose sin aceite, porque si estaban allí era para lo que estaban.

En este mundo estamos para alabar a Dios, no para enredarnos en historias y teorías de tal suerte que al llegar la muerte a uno le pille no estando en gracia. Y eso se decide en el día a día, en el interés o la falta de interés ante las mociones de Dios. Nadie se puede quejar de que Dios le diga en la vida eterna que no le conoce (es lo más terrible que Dios puede decir a una criatura), porque depende de uno mismo el amor a Dios. Cada una de nuestras acciones nos acerca a la vida o nos aleja de Dios, cada una es de vida o muerte.

Dame, Señor, la virtud de la prudencia para acertar en cada caso con lo que debo de hacer y lo lleve a cabo; que quiera comprometerme en lo que Tú me sugieres; que no deje para mañana lo que debo de hacer hoy, pues el mañana no sé si llegará para mí. Quiero estar preparado en todo momento –con la luz encendida, en gracia y en oración–, para que cuando me llames, pueda yo también decir: Aquí estoy porque me has llamado.




© P. Jesús Martínez García

sábado, 21 de octubre de 2017

LOS TROPIEZOS


LOS TROPIEZOS


Los tropiezos que puedas experimentar en tu escalada hacia la cima de la montaña no harán que la vista desde allí sea menos espectacular. De hecho, harán que resulte más valiosa y plena de sentido aún. Aprende de tus errores y sigue avanzando. Cada equivocación, cada frustración, tiene la capacidad de detenerte una vez. No le des más poder permitiéndole que continúe deteniéndote. Supérala y ya no mires atrás. Superar las frustraciones es relativamente sencillo. No tiene sentido hacerlo más difícil aún agregando tu propio arrepentimiento.


El principal valor de cualquier logro proviene del esfuerzo con el cual fue conseguido. Como con los diamantes, raros y difíciles de encontrar, que son muchísimo más valiosos que las simples piedrecillas que pueden encontrarse en todas partes. Los tropiezos, los errores, las frustraciones, los esfuerzos complicados, todos sirven para agregar valor al logro que se está persiguiendo. Acéptalos tal como vienen. Puedes superarlos, y lo harás, en tu camino a conseguir eso que deseas.



Gabriel Sandler

viernes, 20 de octubre de 2017

SOMOS HIPÓCRITAS O SERVIDORES?


¿Somos hipócritas o servidores?
Este discurso de Jesús se dirige a los cristianos de todos los tiempos. Se dirige a las autoridades de la Iglesia y se dirige igualmente a cada uno de nosotros.


Por: Padre Nicolás Schwizer | Fuente: Retiros y homilías del Padre Nicolás Schwizer 




En las Sagradas Escrituras, frecuentemente, Jesús ataca a los escribas y fariseos. Invita a los suyos a hacer y cumplir lo que enseñan, pero no imitarlos en su conducta. Son críticas duras que les hace a los dirigentes espirituales de su pueblo. En concreto les echa en cara lo siguiente:

1. No cumplen lo que enseñan
2. Imponen cargas pesadas a la gente, pero ellos ni las tocan
3. Quieren aparentar ante los demás
4. Buscan los primeros puestos y los saludos en las plazas

Ahora, uno podría pensar que estas actitudes fueron propias de esta gente y que con su muerte se acabaron. Lastimosamente no es así. Este discurso de Jesús se dirige, por eso, también a los cristianos de todos los tiempos. Se dirige a las autoridades de la Iglesia y se dirige igualmente a cada uno de nosotros.

Porque los fariseos no son una categoría de personas. Se trata, más bien, de una categoría del espíritu de una postura interior. Es un bacilo siempre dispuesto a infectar nuestra vida religiosa.

Todos somos fariseos:
a. Cuando reducimos la religión a una cuestión de prácticas espirituales, a un legalismo estéril;
b. Cuando pretendemos llegar a Dios dejando de lado al prójimo;
c. Cuando nos preocupamos más de “parecer” que de “ser”;
d. Cuando nos consideramos mejores que los demás.

Toda esta plaga tiene un único y solo nombre: hipocresía. Por eso, con toda justicia, fariseísmo se ha convertido para nosotros en sinónimo de hipocresía.
Los hipócritas tienen una “doble cara”, una vuelta hacia Dios y la otra hacia los demás. Y, sin duda, la cara que mira a Dios es horrible, espantosa.

Para Cristo, la ley no era un ídolo, sino que era un medio. Tenía la tarea de empujar al hombre hacia adelante, de ayudarle para crecer.
El desafío que hoy nos presenta Jesús es, entonces: amor o hipocresía. Porque amar significa servir. Quien ama realmente, sirve a los demás, se entrega a los hermanos.

Es la actitud de Cristo. Toda su vida en esta tierra no fue sino un servicio permanente a los demás. Y al final entrega hasta su vida por nosotros, para liberarnos y salvarnos.

Y es también la actitud de María. En la hora de la Anunciación se proclama la esclava del Señor. Nosotros muchas veces creemos que estamos sirviendo a Dios porque le rezamos una oración o cumplimos una promesa. Miremos a María: Ella le entrega toda su vida, para cumplir la tarea que Dios le encomienda por medio del ángel. Cambia en el acto todos sus planes y proyectos, se olvida completamente de sus propios intereses.

Lo mismo le pasa con Isabel. Sabe que su prima va a tener un hijo y parte en seguida, a pesar del largo camino de unos cien kilómetros. No busca pretextos por estar encinta y no poder arriesgar un viaje tan largo. Y se queda tres meses con ella, sirviéndola hasta el nacimiento de Juan Bautista.
Hace todo esto, porque sabe que en el Reino de Dios los primeros son los que saben convertirse en servidores de todos. Cuando el ángel le anuncia que Ella será Madre de Dios, entonces María comprende que esta vocación le exige convertirse en la primera servidora de Dios y de los hombres.

Pidamos a Jesús y a María que nos regalen ese espíritu de servicio desinteresado y generoso, que ellos han vivido tan ejemplarmente. Sólo con ese espíritu podremos enfrentar los desafíos del mundo de hoy. Sólo con ese espíritu podremos ser instrumentos aptos para construir un mundo nuevo.

Preguntas para la reflexión

1. ¿En qué grupo estoy, hipócritas o servidores?
2. ¿Cómo podemos servir a los demás?
3. ¿Qué actitud de María puedo adoptar?

jueves, 19 de octubre de 2017

EL ROBLE


El roble



En la plaza central del pueblo debían quitar un gran roble, el enorme árbol, que con el paso de los años se había convertido en un símbolo del lugar. Hasta en el escudo del pueblo se dibujaba su silueta.

El roble se había enfermado de un extraño virus. Corría el riesgo de caerse y de contagiar a los árboles más cercanos. Ya se había hecho todo lo posible por salvarlo y la triste determinación de derribarlo provocaba en los vecinos una profunda sensación de impotencia. No es fácil determinar la causa de un problema y no es el camino más agradable tomar la decisión de solucionarlo.

Los leñadores llegaron una mañana con sierras automática y hachas. Los vecinos se reunieron en la plaza para presenciar su caída. Esperaban oír el estrépito producido por el choque del inmenso árbol contra el suelo. Suponían que los hombres empezarían a cortarlo por el tronco principal en un lugar lo más pegado a la tierra.

Pero en vez de esto los hombres colocaron escaleras y comenzaron a podar las ramas más altas. En ese orden de arriba hacia abajo cortan desde las más pequeñas hasta las más grandes. Así cuando terminaron con la copa del árbol, sólo quedaba el tronco central, y en poco tiempo más aquel poderoso roble yacía cuidadosamente cortado en el suelo.

El sol, ahora cubría el centro del parque, su sombra ya no existía, era como si no hubiera tardado medio siglo en crecer, como si nunca hubiera estado allí.

Los vecinos preguntaron por qué los hombres se habían tomado tanto tiempo y trabajo para derribarlo. El más experimentado leñador explicó: cortando el árbol cerca del suelo, antes de quitar las ramas, se vuelve incontrolable y en su caída, pueden quebrar los árboles más cercanos o producir otros destrozos. Es más fácil manejar un árbol cuando más pequeño se le hace.

Pensemos ahora:

El inmenso árbol de la preocupación, que tantos años ha crecido en cada uno de nosotros, puede manejarse mejor... si se lo hace... lo más pequeño posible.

Para lograrlo es aconsejable podar en principio, los pequeños obstáculos que nos impiden el disfrutar de cada día y así... ir quitando el temor de que en el intento de librarnos de éstos y mejorar todo, se derrumbe.

En ese orden, quitando del comienzo los pequeños problemas podemos gradualmente, ir llegando al tronco principal de nuestras preocupaciones.

Para cambiar hay que realizar una tarea a la vez, quitar las ramas de la preocupación de una en una, ocuparnos y no preocuparnos.

Reconocer nuestros errores y tener el valor para enfrentarlos, establecer las prioridades y los objetivos en la vida y mantener una verdadera determinación, para librarnos poco a poco de todo el peso que nos impide trabajar, crecer, disfrutar y vivir.

No siempre resulta fácil enfrentar nuestros problemas, pero al menos podemos intentarlo al mismo tiempo que transformemos, nuestro miedo, angustia y desesperación en coraje, esperanza y fe…

miércoles, 18 de octubre de 2017

VIVE, NO MUERAS LENTAMENTE


Vive, no mueras lentamente
El hombre es desgraciado porque no sabe que es feliz. ¡Eso es todo!


Por: P. Eusebio Gómez Navarro OCD | Fuente: eusebiogomeznavarro.org 




Un periodista pregunta a Ana María Matute, de la Real Academia Española:

¿Qué es para usted vivir mucho?

Ella responde:

Darte cuenta, tocar lo que vives en cada instante.

El buen fotógrafo capta lo instantáneo. La persona sabia es aquella que sabe vivir en cada instante. Así afirma  Dostoyevski: “El hombre es desgraciado porque no sabe que es feliz. ¡Eso es todo! Si cualquiera llega a descubrirlo, será feliz de inmediato, en ese mismo minuto, en ese mismo instante”.

La vida te sonreirá , si se es capaz de descubrir esa sonrisa. Cada cosa tiene su belleza, tiene su alma. Para ello se necesita tiempo, y aprender a ver con los ojos del alma; entonces nacen deseos de disfrutar la vida. No  se puede tomar  la vida como una carrera, no es una competencia; La vida es un tesoro que hay que sorberlo en cada momento, que hay que compartido, es un soplo de eternidad que el Señor nos ha regalado. La vida es saber disfrutar y compartir el cariño inmenso que nos rodea, cuando estamos en familia, en el trabajo, en el campo, cuando sopla el viento y acaricia la lluvia. La vida es un eterno aprendizaje del amor. 

“Alégrate de la vida porque te da la oportunidad de amar y trabajar y jugar y mirar a las estrellas”  (Henry Van Dyke). Hay que vivir sin miedo a perder, pues “al que vive temiendo nunca le tendré por libre” (Horacio). Hay que vivir en el aquí y en el ahora,  pues“algunos están dispuestos a cualquier cosa, menos a vivir aquí y ahora” (John Lennon).

“¿ Amas la vida ? Pues no malgastes el tiempo que es la tela de la vida” (Benjamín Franklin).Y quine no ama la vida , tendrá que amar a los otros, pues “amando a los demás descubriréis el sentido de la vida” ( Juan Pablo II).  Cuando se tiene en la vida un porqué, se vive sin dificultad el cómo (F. W. Nietzsche). Y “cuando una persona planta árboles bajo los cuales sabe muy bien que nunca se sentará, ha empezado a descubrir el significado de la vida” ( Elton Trueblood). Cada día hay que empezar a vivirlo como si fuese el primero y el último. “Cada vida ha de tener sus espacios huecos, que el ideal ha de rellenar” (Julia Ward Howe).

La vida es breve, hay, pues, que aprender a vivir, a aprovecharla, para no tener que morir sin haber vivido, para no morir lentamente.

“Muere lentamente quien no viaja,
 quien no lee,
quien no escucha música,
quien no halla encanto en sí mismo.
 muere lentamente
quien destruye su amor propio;
quien no se deja ayudar.
 muere lentamente
quien se transforma en esclavo del hábito,
repitiendo todos los días los mismos senderos;
quien no cambia de rutina,
no se arriesga a vestir un nuevo color
o no conversa con quien desconoce.
Muere lentamente
quien evita una pasión
y su remolino de emociones;
aquellas que rescatan el brillo de los ojos
y los corazones decaídos.

martes, 26 de septiembre de 2017

PARA VENCER LAS TENTACIONES


Para vencer las tentaciones



El maestro de espiritualidad san Juan de Ávila (1499-1569), doctor de la Iglesia, ofrece en sus obras diferentes consejos para vencer las tentaciones. Fue coetáneo de santos tan importantes como san Ignacio de Loyola, san Juan de Dios, santa Teresa de Jesús Ávila, santo Tomás de Villanueva o san Pedro de Alcántara. El misionero laico Christian Huerta, responsable de la iniciativa de evangelización Semper Fiat, ofrece sus comentarios en este sencillo decálogo, que ha recogido Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo en el semanario Alfa y Omega.

1. Practica estos remedios.
Como un entrenamiento, estas prácticas te ayudarán sobre todo si las ejercitas en los tiempos en que no estás especialmente tentado.

2. Considera el poder de la Cruz, del Nombre del Señor, de la Santa Determinación.
“Señor, no te vendo yo tan barato. Señor, Tú vales más, y te quiero más a Ti”, recomienda san Juan de Ávila cuando te viene una tentación. Haz la señal de la cruz en la frente y sobre el corazón, invocando el nombre de Jesucristo. El demonio no soporta la Cruz ni el nombre de Jesús: Jesús significa “Dios salva”. El solo nombre de Jesús pronunciado con amor es la mejor oración, tiene poder. Pero esto no es superstición o pronunciar una palabra mágica, es unirnos a su Pasión y abrazar su Cruz. San Juan de Ávila pide pronunciar el nombre de Jesús con devoción, incluso cuando no estamos siendo tentados, pronunciar el nombre de Jesús espontáneamente, por la calle o después de comulgar… No es un mantra, es invocar al amigo.

3. Medita en el infierno.
“Si con esto no se quita, baja al infierno con el pensamiento” para mirar el sufrimiento de los que allí penan. El deleite que te da la tentación es un momento, pero el pago a cambio es la eternidad.

4. Medita en el cielo.
“Sube al cielo con el pensamiento y en cómo no puede entrar allí bestia alguna, para aborrecer aquí lo que allí se aborrece por Dios”, dice el santo. ¿Vas a dejar el cielo por un infiernito?

5. Piensa que estás en la sepultura y en “cuan hediondos están allí los cuerpos”.
Cuando estés mal piensa en la muerte, en la vida eterna. Como cuando cortan un árbol, uno cuando se muere va a donde esté inclinado. Entonces procura vivir bien inclinado.

6. Usa los sacramentales.
Son recursos que nos ayudan a vivir de mejor manera los sacramentos: el agua bendita, el crucifijo, una estampa… “Acude a Jesucristo en la Cruz, y atado a la columna y azotado, y dile: ‘Tu divino cuerpo está tan atormentado y ensangrentado, ¿y quiero yo deleites para el mío? No quiero disfrutar a tu costa, Señor”. Un buen crucifijo es la mejor inversión que puedes hacer.

7. Medita en la pureza de María.
Representa delante de ti a la limpísima Virgen María”, dice el doctor de la Iglesia. Si tienes abierto el corazón puedes decir: “Yo quiero ser como Ella”.

8. Practica el recogimiento.
“Si sabes cerrar la puerta del entendimiento en oración, hallarás con facilidad el socorro”. La tentación entra en nuestra vida por los sentidos, hay que acostumbrarlos a obedecer a tu razón, y cuidar de que los sentidos no estén alborotados. No hay nadie que desparrame sus sentidos y sea también una persona de oración. Lee la Biblia a menudo, escucha buena música, sea o no explícitamente católica… Muchos pecados comienzan cuando tienes los sentidos dispersos, al aire de tantos mensajes contrarios a Dios.

9. Ten vida sacramental.
“Recibe con la debida preparación el santo Cuerpo de Jesucristo Nuestro Señor”, pide el santo español, “así nos tendríamos como relicarios preciosos y huiríamos de toda suciedad”. ¿Cómo va a salir de mi cuerpo un Sí a la tentación, si mi cuerpo lo ha tocado Cristo? Pero si lo recibimos mal, no hay forma más fácil de continuar en pecado que comulgar en pecado. Para evitarlo está la Confesión frecuente, que te da Comunión frecuente, incluso todos los días, lo que te da una fuerza muy especial.

10. Ejercita las penitencias corporales.
“Y si con todas estas consideraciones, la carne no se sosiega, debes tratarla como una bestia”, dice san Juan de Ávila. Ayuna, ten actos de mortificación de cualquier tipo de placer, renuncia a un alimento que te gusta por un tiempo… ¿Hablas mucho y escuchas poco? Pues escucha más. Véncete. Ayuno, poco sueño, disciplina… que tu cuerpo se mortifique un poco.


© Religión en Libertad

miércoles, 20 de septiembre de 2017

UNA MUERTE SANTA DESPUÉS DE UNA MALA VIDA


Una muerte santa después de una mala vida




Una casa de religiosos de la Compañía de Jesús... Llaman telefónicamente desde la Prisión Militar en la noche del 5 de diciembre de... hace pocos años.
– Padre, ¿podrá usted acudir?
– ¿Es urgente?
– Sí, Padre. Venga en seguida...
Llego a la prisión. Un oficial de la guardia exterior me acompaña hasta una habitación poco iluminada. Entro, y veo al sentenciado, que aparece abatido y hunde el rostro en el pecho. Levanta tristemente la mirada hacia mí y hace un gesto significativo de que no le soy grato.
Le saludo; corresponde fríamente y exclama: “No necesito sus servicios”.
– ¿Quiere que le acompañe en esta hora difícil?
– No, gracias; déjeme en paz. No me amargue lo poco que me queda de vida.
– ¿De dónde es usted?
– De Zaragoza.
– ¿Tiene usted familia en la ciudad?
– Sí, señor.
– ¿Puedo servirle a usted para transmitir sus últimos deseos?
– He dicho a usted que me deje tranquilo. ¡Váyase!
– ¿No necesita nada?
– Por medio de usted, no.
– Yo quisiera ayudarle en este amargo trance, con la esperanza de una vida que no muere...
– ¡Déjese de cuentos!
Hubo una breve pausa.
– ¿Tiene usted madre?
– Sí, señor.
– ¿Quiere usted algún recuerdo especial para ella?
– ¡Bastante pena ha de tener cuando sepa mi muerte!...
Quedó pensativo. El tiempo avanzaba.
– Faltan unos minutos –le digo–. Vamos a ganar el cielo... Pidámoselo a Dios... ¿Sabe usted alguna oración?... ¿El Padrenuestro?
– No, señor. Jamás me preocupé de eso.
– No importa. Podemos decirlo ahora los dos juntos.
– ¡No insista! Quiero que me deje en paz ya.
– Ánimo, amigo mío. En un minuto nada más ganamos el cielo... ¿No sabe usted rezar nada? ¿No le enseñó su buena madre ni siquiera el Avemaría?...
Aquel hombre, hasta entonces abatido y hosco, levanta su cabeza, me mira de frente, desfrunce el ceño y, en tono natural y casi amistoso, me dice:
– El Avemaría, sí...
– ¿Ah, sí? –exclamo ansioso, vislumbrando el faro de salvación.
– Mire usted: tenía yo unos catorce años, y hasta esa fecha había vivido con mi madre, que es muy buena. Pero deseoso de libertad, y empujado por mis amistades, quise apartarme de la autoridad de mi madre y correr por el mundo. Y decidí marcharme de casa... Al decírselo a mi madre le causé un gran dolor, y el día de la partida echó, llorando, sus brazos a mi cuello; me llenó de besos la cara, y me dijo: “Hijo mío, puesto que no desistes de tu idea y te vas, te voy a pedir el último favor: quiero que me hagas una promesa. ¿Serías capaz de negársela a tu madre?”.
– No, madre; dime qué es lo que quieres (y para apresurar la despedida, añadí): Te juro que cumpliré la promesa.
– Pues lo que te pido, hijo mío, es que me prometas rezar a la Virgen todos los días tres Avemarías.
– Te lo prometo, dije. Y me fui...
Otro corto silencio. Luego continuó:
– He viajado mucho. Mi vida fue azarosa... No obstante, Padre, he cumplido todos los días la promesa que hice a mi madre.
– ¿Es posible? –le pregunté, conmovido.
– Sí, señor; ayer, en la cárcel, y esta misma noche, recé las tres Avemarías.
Y transformado por este bendito recuerdo mi interlocutor, y animado el acento de su voz, a la vez que asomaba a su rostro una leve sonrisa, agregó:
– Padre, yo no sé qué íntimo alborozo siento en estos instantes... Yo noto algo tan extraño en mi interior, que pienso que la Virgen me quiere salvar... ¡Padre, ayúdeme; confiéseme!...
Unas lágrimas brotan de sus ojos... Y de sus labios van saliendo estas palabras: “Creo en Dios...”. “Pésame, Señor, de haberos ofendido...”.
– ¿Quiere usted recibir la Sagrada Comunión por Viático?
– Pero, ¿podré, Padre?...
Sobre mis rodillas extendí el corporal, saqué la cajita–copón... Lloraba él, y yo no podía contener mi emoción.
Ecce Agnus Dei... “He aquí el Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo...”. Y le dije:
– Diga usted conmigo: “Señor, no soy digno de que entréis en mi pobre morada...”. Y terminé diciendo: “El Viático del Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo te defienda del maligno enemigo y te lleve a la vida eterna. Amén.”
Sobre los corporales cayeron lágrimas del penitente; y los centinelas se estremecieron ante la escena...
La llegada de un refuerzo de la guardia nos advirtió lo inminente del terrible desenlace.
Rogué a mi confesado que dijese: “Señor y Dios mío, acepto con ánimo conforme la muerte que me enviéis, con todas sus penas y dolores”
Dicho esto se puso en pie y, levantando la cabeza, dijo: “Padre, vamos; ya estoy dispuesto...”

Y comenzamos a caminar hacia el lugar de la ejecución.
Seguidamente me tomó el crucifijo, y ante el mismo me hizo las últimas confidencias y encargos:
– Padre, escriba a mi esposa diciendo que me despido de ella, pidiéndole con toda mi alma que me perdone lo mucho que la hice sufrir en la vida... A mis hijos, que son aún pequeños, incúlqueles que no sean como el padre, que no sigan sus ejemplos; que sean fieles cristianos y buenos siempre con su madre, sin abandonarla nunca... Y, por último, Padre –estábamos llegando al sitio en que la sentencia había de ser ejecutada–, me ha dicho usted si quiero algo para mi madre. ¡Sí, desde luego! A mi buenísima madre no deje de decirle que le agradezco inmensamente que me hubiera hecho prometerle, al separarme de su lado, rezar a la Virgen todos los días las tres Avemarías; y que ahora su hijo muere con el íntimo consuelo de sentir que la Virgen le salva y lleva al cielo.

– Le prometo hacer cuanto me ha encomendado... Y bese el crucifijo y diga: “Jesús, ten misericordia de mí”... “Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío”... “María, Madre mía, sálvame”...
Se oyeron unos disparos de fusil...; se desplomó su cuerpo, y... el manto de la Madre celestial lo cobijó... Eran las primeras horas del día 6 de diciembre, antevíspera de la Inmaculada.


© Sitio Santísima Virgen

miércoles, 13 de septiembre de 2017

LAS BIENAVENTURANZAS, UN MUNDO AL REVÉS


Las bienaventuranzas, un mundo al revés
La Palabra de Cristo en el Evangelio nos ofrece otra perspectiva de vida


Por: P. Alberto Ramírez Mozqueda | Fuente: Catholic.net 




Un viejo ermitaño fue invitado cierta vez a visitar la corte del rey más poderoso de aquella época. Era un rey poderoso, con un ejército incontable, con mansiones que dejaban admirado a todo mundo, y con mujeres que hacía presentir el placer que se viviría a todas horas en los palacios.

Ese soberano, quiso mostrar su bondad, invitando un día a un viejo ermitaño que vivía en la excavación de una roca y tenía como alimento lo único que puede proporcionar la vida silvestre y que bebía directamente de un riachuelo cercano.

“Envidio a un hombre santo como tú, que se contenta con tan poco” comentó el soberano.

”Yo envidio a Vuestra Majestad, que se contenta con menos que yo.” Respondió el ermitaño.

”¿Cómo puedes decirme esto, cuando soy el rey y todo lo que puedes contemplar me pertenece?”.

“Justamente por eso. Yo tengo la música de los astros y las estrellas, tengo los ríos y las montañas del mundo entero, tengo la luna y el sol, porque tengo a Dios en mi alma. Vuestra Majestad, sin embargo, sólo posee este reino”, concluyó el ermitaño.

Me he atrevido a citar este texto porque en la línea de sencillez puede ilustrar muy bien el mensaje que nos regala la liturgia de este domingo: el mensaje de las bienaventuranzas, el sermón de la montaña, el corazón del mensaje de Cristo, que invita sencillamente a poner nuestro corazón en el corazón de Dios, donde nada nos hará falta y donde todo lo tendremos.

A veces, cuando se piensa superficialmente, está uno tentado a pensar si Cristo no se estaría burlando de los hombres cuando llama dichosos, felices, bienaventurados a los pobres, a los que sufren, a los que lloran, a los que tienen hambre. Pero cuando se examina la vida de Cristo, nos damos cuenta que no había ser más feliz, más libre, más dichoso que él, que no poseía nada y que estaba dispuesto a dar todo lo que tenía de sí.

Ese es el mensaje más profundo de Cristo, que a los cristianos, a sus seguidores, nos hace falta dar el salto de los simples mandamientos, hasta darlo todo, hasta vivir desprendidos de todo, porque todo lo recibiremos a cambio.

Raniero Cantalamessa, el predicador del Papa, expresa esta magistralmente esto que intento decirles: “Cuánta gente carga la propia barca de una infinidad de baratijas, que creen necesarias para que el mismo viaje resulte agradable, en el dilatado viaje en el río de la vida hasta casi hacerlo sucumbir; pero, en realidad todas son inútiles y sin importancia. Más bien, ¿por qué no hacer que la barca de nuestra vida sea ligera, cargada sólo de las cosas que verdaderamente son necesarias? Un cassette agradable, placeres sencillos, uno o dos amigos dignos de este nombre, alguno al que amar y alguno que te ame; un gato, un perro y lo suficiente para comer y para cubrirse. Encontraremos de este modo que es mucho más fácil empujar la barca. Tendremos tiempo para pensar, para trabajar y también para beber algo estando relajados al sol”.

Y ya que he citado a dos autores, permítanme agregar a otro, con la sola idea de invitar a todos mis lectores, que de una vez por todas, se animen a tomar el Evangelio en sus manos, encontrar el capítulo quinto de San Mateo, y comenzar a ver la vida de una manera nueva, ver la vida al revés, ver la vida como estaríamos llamados a vivir en la verdadera vida.

Así se expresa Giovanni Papini en su célebre Historia de Cristo: “Quien ha leído el Sermón de la Montaña y no ha sentido, por lo menos en el corto momento de la lectura, un escalofrío de agradecida ternura, un impulso de llanto en lo más hondo de la garganta, un estrujamiento de amor y de remordimientos, una necesidad confusa, pero punzante, de hacer algo para que aquellas palabras no se queden tan sólo en palabras, para que aquél Sermón no sea únicamente sonido y señal, sino esperanza inminente, vida cálida en todos los vivos, verdad actual, verdad para siempre y para todos: quien lo ha leído una sola vez y no ha experimentado todo eso, es que necesita antes que nadie nuestro amor, porque todo el amor de los hombres no alcanzará jamás a compensarlo de lo que ha perdido”.

Finalmente me atrevo a citar lo que oí hace muchos años, de los años cuando en la Rusia del comunismo de Stalin, todo lo que oliera a Evangelio y a Iglesia y a espiritualidad estaba fulminantemente prohibido, un día se propusieron hacer una obra de teatro donde el actor principal tendría que tomar distraídamente la Biblia, comenzar a leer desparpajadamente el inicio del capítulo 5 de San Mateo, “Bienaventurados los pobres... bienaventurados los que sufren..." y arrojar el libro al suelo acompañando la acción con una sonora carcajada.

Comenzó la obra, y cuando el actor comenzó a leer, ya delante de todo el auditorio, fue tal el impacto que sintió al ir leyendo, que ya no pudo retirar su vista del texto que tenía en sus manos, y subyugado por la profundidad del texto, siguió leyendo y leyendo, al grado que tuvieron que bajar el telón, porque aquello se había salido totalmente de todo lo planeado, y aquel momento inesperado se había convertido en una inmejorable lección catequística.
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